“La luz del mundo brilló en un establo. Ahí es donde debemos ir para convertirnos en luz nosotros mismos”.

P. Martin M. Barta
Asistente Eclesiástico

En Baviera, el Tirol y Suiza existe una antigua tradición en el Adviento: los niños van de casa en casa, llaman a la puerta, cantan villancicos, reciben un pequeño regalo y/o hacen una colecta por una buena causa. Esta tradición es especial porque tanto los niños como los habitantes de las casas recitan y cantan poemas y versículos que recuerdan y recrean la búsqueda de un refugio de José y María en Belén.

Sí, la historia de la Navidad empieza con el doloroso rechazo del Divino Niño: “No había sitio para ellos en la posada” (Lc 2,7). “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11). Y, sin embargo, quiso permanecer entre nosotros y se contentó con un pesebre. La luz del mundo brilló a través de un agujero negro, en un establo. Ahí es donde debemos ir para convertirnos en luz nosotros mismos. Pero cuanto más nos acercamos a la luz, más nítidas son nuestras sombras, más ardientes nuestros dolores y más terribles las tragedias del mundo. La Luz Divina expone, implacable, lo que hemos roto en nuestras vidas y en las de los demás. Nos hace ver la soledad y el desamor en nuestras relaciones y en nuestras familias, y nos muestra claramente la amarga penuria, la persecución, las guerras y las catástrofes que sufren innumerables personas.

El Niño Jesús saca todo a la luz, no para juzgar, sino para curar, salvar y transformar. Frente a la oscuridad, su luz hace que nuestros corazones sean más cálidos, más radiantes, más alegres, más dispuestos al sacrificio. Él enciende nuestro corazón con su amor, que tiene el poder de transformar los agujeros más negros y las noches más oscuras en la luz radiante del cielo.

Así podemos “ser su luz” para los demás, como a menudo pedía la santa madre Teresa de Calcuta a los cristianos. Ella nos dio un bello ejemplo de cómo el amor puede iluminar cualquier oscuridad: “Nunca olvidaré la visita que le hice a un hombre que vivía en una casucha hecha de calaminas y viejos cartones. Limpiando su pobre habitación me encontré una gran lámpara sucia en un rincón y le pregunté: ‘¿No enciende nunca esa lámpara tan bonita?’. Él respondió: ‘¿Para quién? Hace meses que nadie viene a verme’. – ‘¿La encendería si mis Hermanas lo visitaran?’ ‘Sí’, respondió. Y así las Hermanas comenzaron a visitarlo todos los días, y todos los días encendían juntos la lámpara. Muy poco a poco, las Hermanas aumentaron los intervalos de tiempo de las visitas hasta dejar de visitarlo. Al cabo de dos años, ese hombre me envió un mensaje a través de una Hermana: ‘Dile a Mamá, mi amiga, que la luz que encendió en mí sigue ardiendo’”. 

Les deseo una bendita y luminosa Navidad a todos ustedes y a sus familias.

Les expreso mi gratitud.

Los seminaristas y sacerdotes te agradecen rezando por ti y por tu familia.