Campamentos de verano en el Líbano

Campamentos de verano en el Líbano: 7.465 niños y jóvenes encuentran refugio de la guerra

Campamentos de verano en el Líbano financiados por la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN) benefician este año a 7.465 niños y jóvenes en distintas regiones del país, brindándoles un refugio en medio del conflicto bélico. En la actualidad, organizar unos días de actividades para la juventud en suelo libanés se ha convertido en una auténtica carrera de obstáculos; sin embargo, para la Iglesia local, estos encuentros son más necesarios que nunca. Un total de 61 campamentos son gestionados por diócesis, parroquias y movimientos eclesiales locales. Esta iniciativa forma parte de un programa internacional mediante el cual ACN financia 407 campamentos en 11 países afectados por la guerra, el desplazamiento, la pobreza o la inestabilidad, siendo el Líbano la segunda nación con mayor número de participantes, solo por detrás de Siria.

Organización y desafíos de los campamentos de verano en el Líbano

En la arqueparquía greco-católica melquita de Saida y Deir El Qamar, en el sur del Líbano, la logística exige una adaptación constante a una situación de seguridad altamente impredecible. Joelle Feghali, miembro del Movimiento Apostólico Mariano (MAM), explicó a ACN los imprevistos sufridos durante la planificación:

«El primer lugar que habíamos reservado estaba en Joun, en el distrito de Chouf, y se podía llegar a través de Saida. Con la guerra nos encontramos en un callejón sin salida: tuvimos que cancelar la reserva, empezar a buscar otro lugar adecuado, una tarea casi imposible, y preguntarnos hasta el último momento si realmente habría campamento este año».

«Tuvimos que empezar todos los preparativos de cero. Organizar un campamento se ha convertido en un camino lleno de obstáculos, de decisiones importantes que deben tomarse con urgencia y de desafíos que a veces parecen interminables».

A las complejidades logísticas se añade el profundo cansancio de los propios animadores y voluntarios, quienes deben llevar adelante las actividades mientras afrontan las mismas incertidumbres económicas, familiares y de seguridad que el resto de la población. Sobre este aspecto, Feghali señaló la necesidad de recordar a los líderes la esencia de su vocación:

«Tenemos que recordar a los animadores el significado más profundo de su vocación. Es un compromiso al que siguen profundamente vinculados, pero que a veces puede resultar difícil de sobrellevar».

Heridas psicológicas e impacto pastoral en la juventud

La guerra de 2024 provocó desplazamientos masivos y dejó severos daños materiales y emocionales. Antes de que muchos niños tuvieran tiempo de recuperarse, la nueva escalada iniciada en marzo de 2026 obligó nuevamente a cientos de miles de familias a huir de sus hogares, profundizando las secuelas psicológicas de la población infantil. Desde el Movimiento Apostólico Mariano informan sobre un preocupante incremento de la ansiedad, el aislamiento, los trastornos del sueño, el miedo a los ruidos fuertes, conductas de autolesión, pensamientos suicidas, dependencia de medicamentos y enfermedades psicosomáticas. Asimismo, algunos jóvenes se ven imposibilitados de asistir porque deben trabajar para sostener económicamente a sus familias o porque sus padres temen el deterioro de la seguridad.

Frente a este complejo panorama, las actividades no representan un simple pasatiempo recreativo, sino un entorno seguro donde expresar miedos, recuperar rutinas y construir relaciones de confianza. Jennifer Hajj, vicepresidenta del MAM, destacó la transformación observada en los participantes:

«Muchos han crecido en un clima de ansiedad, miedo e inseguridad. Algunos se han visto afectados directamente por los conflictos, mientras que otros viven las consecuencias de las dificultades económicas que pesan sobre sus familias. Incluso cuando no expresan su sufrimiento con palabras, se puede ver en sus ojos, en sus silencios y en su comportamiento».

«A medida que avanzan los días, a menudo somos testigos de una transformación genuina. Los niños y adolescentes que estaban retraídos empiezan poco a poco a sonreír de nuevo. Hacen nuevos amigos, recuperan la confianza en sí mismos y descubren que son acogidos, escuchados y queridos. Los campamentos les ofrecen un lugar donde por fin pueden respirar, reír, jugar, rezar y recuperar una sensación de seguridad que a veces ya no está presente en su vida diaria».

«Cada campamento refuerza mi convicción de que solo unos días pueden cambiar una vida. Ver a un niño o adolescente marcharse más feliz, más tranquilo y lleno de esperanza nos recuerda que cada esfuerzo, cada sacrificio y cada hora dedicada a esta misión merece la pena».

El acompañamiento eclesial no concluye al finalizar el evento, sino que se extiende durante todo el año mediante reuniones semanales y encuentros personales dirigidos por el MAM. Además, estas instancias permiten que adolescentes y jóvenes adultos asuman responsabilidades como líderes de grupo, convirtiéndose en agentes de paz dentro de sus comunidades.

Resistencia cultural y compromiso de la Iglesia local

Para el arzobispo greco-católico melquita de Saida y Deir El Qamar, Mons. Elie Béchara Haddad, mantener estos programas en contexto de guerra constituye una postura abierta a favor de la vida:

«Organizar campamentos de verano para nuestros niños, jóvenes y familias no es simplemente una actividad estacional. Es un acto de resistencia cultural, un testimonio de fe inquebrantable y una necesidad vital».

El prelado definió estos espacios como «un refugio seguro que ofrece oxígeno espiritual y psicosocial» y envió un mensaje directo de gratitud a los benefactores internacionales:

«Al apoyar nuestros campamentos de verano, no están financiando unas vacaciones cualquiera. Están financiando la continuidad de nuestra presencia, la sanación de nuestros hijos y el futuro de nuestros jóvenes».

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