La Asunción de la Virgen al Cielo, que celebramos el 15 de agosto, es una de las fiestas marianas más importantes. La Virgen María, al término de su peregrinación terrena y en virtud de su contribución a la historia de la Salvación como Madre del Redentor, fue liberada de la muerte por la gracia de Dios, y elevada en cuerpo y alma a los Cielos, donde está y actúa como mediadora entre Dios y los hombres. Este dogma de fe fue definido por el Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950.
Como nos recordaba en una ocasión el Papa Francisco, “María no está lejos, nos acompaña, lucha con nosotros, sostiene a los cristianos en el combate contra las fuerzas del mal”. María está, por supuesto, junto a los cristianos perseguidos. Por eso, en estos días de agosto, recordemos a tantos hermanos nuestros que sufren por causa de su fe. Pidámosle a María que acoja bajo su manto a los cristianos olvidados y despreciados, que sea el consuelo de los afligidos.